31.12.1996  Beitrag drucken

La ilusión del Estado mundial

Ernst Lohoff

1.

La dictadura universal de las mercancías y el dinero hizo estallar el cuadro de la autonomía regional o local y produjo un contexto global mundial. Si el internacionalismo era para nuestros predecesores una cuestión de honor, para nosotros se convirtió en realidad cotidiana independientemente de cualquier valoración moral. Quien hoy en día monta en una bicicleta de marca «alemana» puede estar seguro de que sus componentes fueron fabricados en al menos diez países diferentes, por trabajadores de setenta nacionalidades diferentes. Una famosa cadena mundial de restaurantes de cómida rápida anuncia con toda seriedad que sus productos tienen absolutamente el mismo sabor en todas sus filiales, de Buenos Aires a Moscú o Holzminden. Todas las industrias colaboran en conjunto en la destrucción de los bosques tropicales y en la producción del agujero de ozono. Las regiones mundiales forman hace ya mucho tiempo, en lo que respecta a la economía, la ecología y la cultura cotidiana, un sistema de vasos comunicantes. Esta indiscutible constatación lleva a una conclusión. Si los estados nacionales, enfrentados a la imposibilidad de controlar el nivel mundial de los flujos financieros, de las poblaciones y de la contaminación ambiental, alcanzaron hoy innegablemente el límite de sus capacidades de intervención, ¿no deberían las organizaciones internacionales, como la Unión Europea o las Naciones Unidas, tarde o temprano, ocupar su lugar?

2.

No hace mucho tiempo aún, los apologistas de la sociedad de mercado y la democracia así como sus últimos críticos estaban ampliamente de acuerdo con este pronóstico. Entre tanto, el modelo del «nuevo orden mundial» quedó paralizado mucho antes de su concreción. Desde la prueba de la Guerra del Golfo, pasando por las conversaciones del GATT hasta la Conferencia de Río, la pregonada «política mundial» sólo ofreció resultados ridículos. Las fuerzas centrífugas se revelan más fuertes que las de la unión. Los Estados nacionales no se transforman en unidades políticas de un grado superior; por el contrario, en el Este y en el Sur, se vuelven unos contra otros.

La desilusión es casi siempre un buen terreno para la memoria. En la perspectiva del desmontaje antes de tiempo del «nuevo orden mundial» quedó claro quizás que la idea del «one world» es poco original. Concepciones y pronósticos de unificación (incluyendo el estado mundial) aparecieron permanentemente a lo largo de los tres últimos siglos, pero el desarrollo real los desmintió siempre. Ya para la Ilustración del siglo XVIII, orientada hacia el cosmopolitismo, la idea del «estado mundial» fue naturalmente una idea fija y un proyecto para el futuro; pero a pesar de eso la sociedad burguesa se constituyó bajo la forma de estados nacionales perfectamente delimitados frente al exterior. Al comienzo de nuestro siglo los protagonistas del imperialismo clásico partieron del principio de que, en el futuro, sólo los grandes bloques imperialistas cerrados sobre sí mismos podrían sobrevivir en la lucha entre las potencias. Se esperaba que la creación del mercado mundial simplificaría inmediata y sólidamente el mapa político de la Tierra. Los críticos marxistas compartían esta perspectiva. El ideólogo-jefe de los socialdemócratas, Hilferding, preveía incluso la constitución en el futuro de un único Estado imperialista a escala mundial. La realidad, mientras tanto, no se acerca ni por asomo a estas extrapolaciones. Cuando Hilferding, en 1910, dio a luz su pronóstico, había dos docenas de estados nacionales que adornaban la Tierra; setenta años más tarde serían seis veces más. En el momento del derrumbe del orden bipolar instaurado después de la segunda guerra mundial esta tendencia histórica se acentuaría aún más. Nunca como ahora existió una interdependencia tan grande entre todas las regiones del globo, y nunca el número de entidades independientes existentes en el mundo fue tan elevado como el de la próxima semana.

La desmentida que el desarrollo real de este último siglo representa debe ser comprendida y no simplemente atribuida a errores y azares de los procesos de decisión política. Antes bien, levanta una sospecha. Tal vez el tan difundido «one world» no tenga que enfrentarse sólo con dificultades de recorrido que estadistas de nivel mundial con visión podrían superar. Probablemente esté condenado a quedar siempre como un fantasma porque su fracaso tiene en su base una lógica interna inflexible. Es posible que el estatismo y la política modernos estén tan íntimamente ligados al Estado nacional como antaño la Democracia antigua a la Polis.

3.

Esta suposición puede ser corroborada. El mercado mundial convierte a los productores en interdependientes, pero no en el sentido de una formación de intereses comunes y de una progresiva igualación de las condiciones de vida. Por el contrario, la creciente interdependencia va a la par con una creciente desigualdad. En la medida en que persiguen sólo sus propios intereses, los vencedores en la lucha de la concurrencia contribuyen, quiéranlo o no, a la miseria de los perdedores. Su situación relativamente confortable se apoya en la continua externalización y en el anonimato de todas las consecuencias originadas por el proceso ciego de valorización del capital dentro del que triunfaron. El capital aislado externaliza su lucro extra, en la medida en que impide las posibilidades de realización de los otros capitales y los arruina; y aumenta tanto más cuanto más puede transferir sus costos a otros. Mientras que desde un punto de vista puramente económico los competidores derrotados en el terreno tienen que presentar la factura al mercado de trabajo y a sus propios trabajadores, los costos ecológicos cada vez más difícilmente cuantificables de la producción de riqueza abstracta quedan como de costumbre a cargo de una generalidad no determinable de personas.

La intervención del Estado establece en el interior de la entidad política algunos límites a este mecanismo inherente a la producción de mercancías. A la ruina precoz de la mercancía fuerza de trabajo se opone la reglamentación legal de las condiciones de trabajo; el Estado garantiza a sus ciudadanos, a través de la distribución monetaria, un standard mínimo de vida; la destrucción de los recursos naturales no es salvaje, sino que se canaliza y se realiza en el marco de la reglamentación legal y de medidas excepcionales. Esta función reglamentaria no convierte al Estado y la Política en una fuerza contraria a la lógica de la producción de valor y de externalización. El Estado pone diversos frenos al capital, pero, como entidad autónoma separada existente al lado de la «economía», presupone la valorización del capital cada vez más como su propio fundamento. Ya desde el punto de vista financiero, el éxito del Estado-Fisco depende del éxito de los capitales que operan en su territorio. El Estado atentaría contra su propia base si quisiese situarse contra la externalización de los costes sin tener en cuenta la capacidad competitiva de los capitales locales. Si el mercado mundial produce inevitablemente víctimas, perdedores y daños, y si la Política reconoce a priori la forma de la mercancía, del dinero y del mercado mundial, entonces tiene que admitir igualmente las consecuencias del proceso de valorización del capital. No puede ponerse seriamente en contra de los costes de la producción abstracta de riqueza, sino que tiene que luchar por tener éxito en su combate a nivel global. El Estado cumplirá bien su tarea predeterminada cuando consiga limitar lo mejor posible los perjuicios de la valorización del capital sobre su territorio y desviar sus plenos efectos del ámbito de su soberanía.

La lógica según la cual las intervenciones del Estado en el interior se transforman en vehículo de la externalización transnacional de los costes es fácil de ejemplificar.

Los legisladores de Europa occidental consideran necesario intervenir normativamente en el mercado de trabajo. Las disposiciones legales del derecho del trabajo protegen a los trabajadores en determinadas formas de cesación prematura del trabajo y en la enfermedad. Las formas de explotación humana en el trabajo sólo desaparecen realmente en los sectores en que el desarrollo técnico las volvió obsoletas. Por el contrario, en los sectores productivos en que todavía son funcionales para la valorización del capital en el nivel de la productividad actual, se manifiestan en la periferia las mismas o incluso nuevas condiciones propicias para la explotación de mano de obra. La floreciente industria electrónica y de ordenadores emplea en el Sudeste asiático decenas de miles de mujeres jóvenes para el montaje de circuitos. Esta actividad de filigrana lleva rapidamente a un grave daño de la vista y a veces a muchas mujeres a la ceguera. La utilización de sustancias químicas resulta también en que las trabajadoras, al cabo de pocos años, queden físicamente arruinadas. En Europa, semejantes condiciones de trabajo no están permitidas. Desaparecieron de las metrópolis, para que los sujetos monetarios puedan disfrutar allí de los productos de este trabajo bajo la forma de importaciones, sin tener que ser confrontados con las víctimas de ese trabajo y con los daños respectivos. La salud arruinada de la trabajadora no aparece como coste en ningún sistema de salud o de seguridad social de Occidente, y los productos de este trabajo son integrados muy naturalmente en el proceso de valorización del capital. En el mundo del comercio libre ningún poder puede impedir esa glorificada «división del trabajo internacional» y mucho menos la política de los estados.

Esta externalización de la destrucción no alcanza sólo a la base humana de la producción de riqueza, sino también a su base natural. Como la libertad de comercio es en la práctica sinónimo de la libertad del centro capitalista, los países capitalistas desarrollados monopolizan automáticamente lo esencial de los «bienes libres» de la Tierra. Como contrapartida, los parientes pobres del Sur participan plenamente como ciudadanos del mundo en la destrucción y en el comsumo de sustancias contaminantes, etc.

Que las intervenciones legislativas y políticas para interrumpir esta lógica son insuficientes está demostrado por la política de las chimeneas de las fábricas de los años sesenta, pero mucho más por un fenómeno como la exportación de residuos de la actualidad. La máquina alemana de valorización del capital amenaza con ahogarse todos los años en sus propios residuos. El estado federal alemán reacciona de forma imperativa a la emergencia creada por éstos, pero lo hace naturalmente de una manera adecuada al mercado. Debido a la oposición de las poblaciones se hace muy difícil encontrar nuevos sitios para los basurales. La solución de expulsar la basura a la atmósfera no es aceptable como solución general. Los costes del «enterramiento» de los residuos son por eso crecientes. La consecuencia no es la disminución de la montaña de basura. Los residuos fluyen, como si hubiesen sido puestos en movimiento por un mano invisible, de acuerdo con el precio más bajo, hacia fuera de las fronteras, precisamente donde se ofrecen las mejores condiciones para deshacerse de ellos.

Detrás del escándalo se esconde el sistema, más precisamente la imposición sistémica. Hasta un niño sabe, y mucho más lo saben los especialistas, que el problema de los residuos no reside en su despejamiento. El problema sólo se puede resolver mediante modificaciones en el modo de producción de los residuos. El objetivo de su disminución tiene que ser integrado en la planificación de los productos y de la producción. Pero al Estado le está prohibida ex definitione intervenir en este sistema. El Estado vive del proceso ciego de creación de valor de la máquina capitalista, y ésta sólo tiene sentido para la creación abstracta de riqueza y no desde un punto de vista material cualitativo. Cualquier consideración sobre los hechos ecológicos sólo puede consistir, por parte del Estado, en leyes generales y abstractas dictadas de forma burocrática. Si el Estado quisiera controlarlos efectivamente, se estrangularía a sí mismo.

4.

La ligazón del Estado con la imposición de la externalización alcanza un nivel superior aún. El poder político sólo tiene que tener en cuenta un hecho externo, la economía, y ponerse al servicio de la externalización de los costes; el modelo moderno de Estado es él mismo un resultado de la lógica de la externalización.

La competitividad en el mercado mundial en las sociedades actuales no depende sólo de factores al alcance de los capitales privados. La posibilidad de éxito de las empresas privadas en el mercado mundial depende en igual medida de las condiciones generales de la sociedad. Una red eficaz de transportes y un sistema funcional y abarcador de telecomunicaciones son tan importantes para el proceso de valorización como el estado del sistema educativo y de la administración del país. Todos estos diversos dominios constituyen condiciones inexorables de una producción de mercancías desarrollada, pero que no son susceptibles de ser organizadas, o sólo muy limitadamente, en la forma de mercancía. Y por eso caen dentro de la esfera de competencia del Estado.

Por muy importantes que sean estas funciones para el proceso de valorización, entran simultáneamente del lado de los costes. El Estado moderno existe dualmente, como inversor y como recaudador de impuestos, y no puede escapar de este dilema. Si desatiende su inversión en infraestructura por razones ideológicas u otras, eso acabará por tener un efecto decisivo en la competitividad de la economía nacional. Los Estados Unidos y la Inglaterra de Thatcher son un ejemplo intimidante de esta realidad. Si engorda con impuestos, se convierte en un obstáculo para el proceso de acumulación. En qué medida este aspecto, con el desarrollo de las fuerzas productivas, adquiere relevancia para el proceso de acumulación, se puede ver en la evolución del peso del Estado en el producto social bruto. Si la cuota del Estado al principio del siglo en los países más desarrollados se situaba por debajo del 10%, hoy se coloca en los mismos países en torno del 50%. La actividad del Estado se vuelve un factor decisivo en la concurrencia capitalista.

El moderno Estado intervencionista sólo logra demostrar eficiencia si le es posible producir un elevado grado de homogeneidad interna. El autolimitado Estado liberal «guarda nocturno» del siglo XIX todavía estaba en condiciones de unificar bajo un mismo techo político partes del territorio con desarrollo divergente. A la inversa, en el Estado actual, que tiene que cubrir un extenso frente de prestaciones infraestructurales y crear con su política monetaria y fiscal el marco de las condiciones del proceso de valorización, actúan destructivamente graves desniveles económicos. Las formas de las actividades estatales, desde las condiciones sociopolíticas hasta las inversiones en infraestructuras, desde la justicia hasta la política económica y monetaria, nunca son las adecuadas para el dominio de la valorización capitalista, que se sitúa en un plano social completamente diferente. La optimización de las condiciones de valorización capitalista en el plano de la división internacional del trabajo se identifica con la adaptación de las políticas económicas y sociales nacionales a las condiciones de un segmento específico del proceso de valorización. Un país como Corea del Sur, que, como ex colonia, procura su integración en el mercado mundial como simple exportador de materias primas y productos agrícolas, pudo dedicarse en las décadas del 60 y 70 sólo a la producción de bienes de consumo masivo de bajo precio, que no exigían grandes condiciones sociales de base. Debía contentarse con los medios que tenía a mano: bajos salarios y mano de obra no cualificada y disciplinada. La creación de una amplia red de seguridad social habría sido, en estas condiciones, un craso error de inversión, tal como la imposición de mayores impuestos lo sería para la investigación fundamental. Para un país como la República Federal de Alemania se adopta una perspectiva completamente diferente. En los sectores productivos en que los países emergentes del Extremo Oriente alcanzaron éxito (acero barato, construcción naval…) los capitales alemanes, enfrentados a unos costes infraestructurales más caros y con costes sociales más elevados, no podían competir. Los costes y el nivel social que en estos sectores aparecen como una desventaja son en cambio una ventaja en los sectores donde el elevado nivel social puede ser utilizado como lucro. En relación a los países emergentes, la RFA goza de ventaja en los dominios de la alta tecnología y en los sectores en que la maquinaria organizada y en funcionamiento continuo dentro de un complejo que excede en mucho a la empresa individual tiene un peso muy superior al trabajo mecanizado directo. En vez de bajar los salarios y los costes de infraestructuras al nivel surcoreano, el Estado alemán debe esforzarse en reproducir su modelo de éxito.

El imperativo en el sentido de una determinada política económica nacional institucionalizada es difícilmente compatible con la existencia de regiones atrasadas. Las regiones pobres dentro de un país están doblemente excluidas de la participación en la maquinaria de reproducción del capital. No se encuentran en condiciones de participar en los sectores de alta tecnología, pues para eso le faltan partes de las condiciones infraestructurales, ni les está abierta la posibilidad de éxito en los otros sectores en que rigen menores exigencias tecnológicas, puesto que en estos sectores es el nivel elevado de los salarios determinado por las regiones desarrolladas y el patrón legal y de seguridad social, siempre aplicables a nivel nacional, el que lo impide. Estas regiones se hallan por tanto presas de la asistencia social, y cuanto más acentuadas sean las diferencias entre las regiones, más participarán apenas como beneficiarias en los flujos de distribución. El frágil Estado vencedor en el mercado mundial tiene que utilizar sus instrumentos de redistribución de la riqueza para intentar vencer las diferencias de desarrollo interno.

El propio proceso de concurrencia crea disparidades regionales. La eficiencia del moderno Estado nacional depende en lo esencial de su capacidad de nivelar estas disparidades, pues el capitalismo moderno carece de un espacio de funcionamiento coherente. Esta flagrante contradicción sólo asume una expresión práctica cuando muchas de las unidades políticas que comparten la Tierra emprenden, cada una por sí misma, esfuerzos de homogeneización. Si observamos atentamente, en la implosión catastrófica de los estados se revela una determinada lógica que va más allá de los conflictos étnicos.

Al mismo tiempo, la extraordinaria rapidez y la relativa impotencia con que en los años 50 y 60 desaparecieron los estados coloniales, saqueados durante 500 años, es poco sorprendente. Esta evolución aparece hoy a una nueva luz, como el hecho notable de que los estados que perdieron precisamente la segunda guerra mundial hayan surgido después del boom de la posguerra como los grandes vencedores y hayan dominado hasta hoy el mercado mundial. La renuncia forzada a los sueños coloniales, la desesperada cura de adelgazamiento que les fue impuesta a Japón en relación a sus posesiones en el continente asiático y a Alemania en relación a sus territorios agrarios del Este, fueron como una mina de oro para estos países capitalistas, porque les cayó del cielo un grado de homogeneidad y de integración que las potencias vencedoras, Francia e Inglaterra, sólo con mucho esfuerzo y más tardíamente lograron alcanzar. El mensaje es claro: la pobreza es irrelevante para el éxito, desde que queda fuera de las fronteras; incluso un poco de subdesarrollo dentro de las propias fronteras se convierte en un lujo demasiado caro. Una pésima base para el modelo del Estado mundial y para el sueño de una «política mundial».

5.

El proceso de externalización toca sus límites. Comienza a girar en el vacío, en la medida en que las consecuencias externalizadas, como de costumbre, se vuelven contra los propios agentes de la externalización. Esto sucede hoy en gran escala. El agujero de ozono ya no se extiende sólo sobre el hemisferio Sur, sino que ahora se abre también sobre las cabezas de los productores de CFC. La destrucción de los bosques tropicales, desencadenada a favor de los importadores occidentales de madera, ya no amenaza sólo el equilibrio ecológico local, sino el global.

No solamente los costes externalizados del proceso irracional de valorización de los capitales privados alcanzan como crisis ecológica a los ganadores relativos. Éstos se enfrentan a nuevas formas de insumisión social. Los desarraigados por la victoria del mercado mundial, en el Sur y en el Este, se niegan a morir de hambre, tranquila y pacíficamente en casa. Una vanguardia aún discreta desde el punto de vista cuantitativo golpea a la puerta de las metrópolis. Pero precisamente esta muestra de los movimientos migratorios futuros desencadena el pánico y conduce a la metamorfosis de nuestro subcontinente abierto al mundo en la «fortaleza Europa». Los sujetos monetarios sin dinero se introducen en nuestra preciosa tierra y la maquinaria de creación de valor de la metrópoli no se encuentra en condiciones de absorberlos. Los países de la periferia no alcanzan el nivel de Occidente, las personas se ponen en camino: Go West!

La respuesta de los sujetos monetarios residentes desde hace más tiempo no se hace esperar y sólo puede consistir en el apoyo a la antigua externalización con fundamentos mientras tanto precarizados. El lado en crisis de la sociedad de las mercancías aparece siempre como crisis de los otros y así debería continuar eternamente. La fuerza de los hechos no nos permite ya evitar los costes humanos con los métodos habituales, asépticos y sin conflictos, y en consecuencia crece la tendencia a introducir en la solución de la cuestión, si es necesario, la utilización de la fuerza física directa. Pauperes ad portas!, es el grito de socorro al final de la modernidad. Y los usufructuarios del Estado Social se unen para la batalla armada. «Luchar contra la pobreza; expulsar a los pobres».

La tiranía universal de la sociedad de la mercancía transformó la respetable abstracción «humanidad» en realidad palpable, pero no en el sentido que le dieron sus difuntos creadores, en la corriente del humanismo, sino antes bien como catástrofe social y ecológica. El dominio de la sociedad burguesa se realiza en el autoexterminio ecológico, mientras que las poblaciones de todos los estados dominantes efectúan, en vez de la fraternidad universal, un «progrom» dirigido contra todos los otros. El publicitado «One World» se cumple fatalmente en la forma poco edificante de la guerra civil mundial y de los refugiados a nivel mundial.

6.

Las formas de disolución en la barbarie del orden burgués y el amenazador desastre ecológico dan miedo. Y el miedo se manifiesta en primer lugar, como hábito ancestral, en exigencias a la Política. El mundo avanza ciegamente hacia el abismo y la Política debería intervenir y cambiar el destino. Se culpa a la clase política por haberse negado hasta hoy a este desafío y haberse limitado a seguir los limitados intereses nacionales. Una nueva Política, orientada hacia los desafíos mundiales, tendría que sustituir a la antigua Política.

En una sociedad en la que la Política se identifica con el comportamiento habitual de la generalidad de las personas, este impulso es perfectamente comprensible. Pero, si se mira bien, le faltan los destinatarios. Lo que está históricamente en el orden del día no es una política radicalmente diferente, sino, de una manera mucho más radical, la ruptura con el sistema de la «Política» y del «Estatismo». Si la moderna sociedad mundial entra en crisis, porque tampoco los «vencedores» logran sustraerse duraderamente a las consecuencias de su victoria y porque la lógica de la externalización conduce al absurdo, entonces es la propia Política como forma de acción la que alcanzó su límite. Una «política interna mundial» pensada cibernéticamente y orientada hacia la solución de los problemas mundiales es simplemente una contradicción en los términos. La Política y el principio de la externalización se confundieron, puesto que la acción política estatal, en la medida en que su forma consiste en lo general y abstracto, reconoce a priori la mercancía y el dinero como los verdaderos amos del planeta. Como esfera especial separada de las otras esferas de la actividad social, la Política no necesita colocarse deliberadamente al servicio de cualesquiera intereses capitalistas. Ya a partir de su propia forma, le corresponde ocuparse de la síntesis de los intereses monetarios divergentes y descuidar los restantes problemas con sentido de este mundo.

Quien se queja del papel de la Política podría mostrarse también decepcionado porque un elefante en un ballet no desempeñe su papel de bailarina de un modo completamente satisfactorio. Detrás del deseo de «otra política» totalmente diferente se esconde un pensamiento muy sencillo que apenas se conoce a sí mismo. El desarrollo ciego de la máquina de producción de valor liberó un potencial de destrucción históricamente nuevo. La relación del hombre con la naturaleza tiende a quedar tan descontrolada como las hordas en conflicto a nivel mundial. Frente a este amenazador telón de fondo, lo que está juego es tomar decisiones, conscientemente y sin tener en cuenta la lógica monetaria y jurídica, intervenir siempre que sea necesario y contra la corriente. Si en los territorios de la antigua Unión Soviética las centrales nucleares completamente obsoletas no se desactivan, porque ello implicaría una interrupción inmediata del suministro de energía, entonces la comunidad internacional tiene que prepararse para garantizar el abastecimiento necesario básico, sin la intervención del dólar o del rublo. Si en el llamado tercer mundo las condiciones de subsistencia son destruidas a favor de monocultivos exportadores a partir de los cuales estos países logran obtener divisas, entonces se hace preciso crear un nuevo y fuerte pragmatismo antimonetario, que propicie que estos países puedan obtener, incluso sin contrapartidas financieras, y por primera vez, todos los bienes de importación que necesiten. La gestión de los flujos de bienes que constituyen recursos básicos deben emanciparse del dominio del dinero.

Título original: Die Weltstaatsillusion. Traducción portuguesa de José Paulo Vaz (4/2002.Traducción del portugués: R. D.