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Capitulación ante el capitalismo

La última batalla del marxismo tradicional

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Revista konkret (Hamburgo) 7/2000

Norbert Trenkle

El marxismo tradicional apenas evita tanto ningún otro pensamiento como el del límite histórico absoluto del sistema productor de mercancías de la modernidad. Parece como si se reflejase la propia derrota inagotada en la convicción de que el capitalismo disfruta de algo así como una vida eterna, de que es infinitamente flexible y capaz de transformación y, por eso, fundamentalmente en situación de superar toda crisis y de volver no dañina toda oposición mediante la integración. Hay que señalar que esa convicción une las posturas más diferentes a través de todo el espectro del marxismo tradicional y, por ello, el rechazo del diagnóstico de derrumbamiento forma también un denominador común de la crítica al Schwarzbuch Kapitalismus, el Manifiesto contra el trabajo, el libro Feierabend y otras publicaciones del grupo Krisis. Con una concordia inusitada reprochan a Krisis que presenta con su diagnóstico de derrumbamiento la animalada más raída del baúl de los recuerdos, por nombrar sólo a algunos, el redactor académico de izquierdas de PROKLA, Michael Heinrich, Freerk Huisken de Gegenstandpunkt (ambos en Konkret 3/2000) y el autor de Bahamas Martin Janz ( Jungle World 8-3-2000).

Si este reproche es bienvenido como poco por el público, entonces, ya que confirma un prejuicio sobre el marximo tan corriente como mantenido tenazmente, se corresponde (como suele pasar con los prejucios) con una manera bastante desfigurada de ver las cosas. Quizá suene sorprendente, pero en la teoría del movimiento obrero el diagnóstico marxista sobre el límite absoluto del capital no desempeña prácticamente ningún papel. Los únicos intentos serios de referirse a ello, a saber, el de Rosa Luxemburg y Henryk Grossmann, se quedaron teóricamente aislados y prácticamente sin significado para la orientación práctica; y no es una coincidencia, ya que sencillamente tal pensamiento no era compatible con el optimismo ilustrado respecto al progreso del marxismo. Si la historia se entiende como una continuidad de etapas ascendentes de la evolución humana desde la sociedad primitiva hasta el imperio comunista de la felicidad terrestre, entonces sencillamente no se puede pensar en algo así como un derrumbamiento catastrófico de la forma de producción capitalista. Puesto que, al fin y al cabo, el socialismo, o el comunismo, tiene que hacerse cargo de la herencia de la sociedad burguesa en un sentido entendido positivamente, es decir, continuar su “misión civilizatoria” y llevar a buen puerto el “curso de la historia”.

Desde el punto de vista de la burguesía de finales del siglo XIX, esa esperanza religiosa parecía sonar como un “pronóstico de derrumbamiento”, porque ponía en duda por lo menos ideológicamente la estructura de poder dominante. Esa forma de ver las cosas llena de miedo se acentuó seguramente mediante el vocabulario escatológico1, frecuentemente esmerado por lo menos en el movimiento obrero alemán; pero con ello se expresaba siempre solamente la fe quasi-religiosa en la victoria final inevitable del proletariado, que supuestamente tiene a la espalda las “leyes objetivas de la historia”. En tanto que se dijese en ese contexto que el modo de producción capitalista estaba llegando a sus límites, con ello se quería decir únicamente que estaba volviéndose “infiel a su vocación histórica”, que consiste supuestamente en el “desarrollo irrespetuoso de la productividad del trabajo humano” y manifiesta con ello “de nuevo que se está volviendo senil y que cae más y más en desuso”, como ya escribió el viejo Engels en una nota en el tercer volumen del Capital (MEW 25, p. 272 y ss.)

Claramente no se está pronosticando un derrumbamiento catastófico, sino que se está desarrollando una ideología de legitimación sobre cómo tendría que estar “objetivamente maduro” el tiempo para una revolución proletaria. Apenas sorprende que el movimiento obrero que se estaba formando y adueñándose de la herencia de la Ilustración se apropiase avariciosamente de esa interpretación del mundo y la siguiese desarrollando en su interés (es decir, definitivamente banalizado). Rápidamente los análisis económicos de marxismo desempeñaron en primerísimo lugar funciones legimatorias. Si hubiesen justificado las aspiraciones y la esperanza del movimiento obrero a una conquista rápida del poder, entonces después hubiesen tenido que explicar porqué no sucedía la “revolución mundial”. La clave de ello la da la teoría del imperialismo propagada por Lenin. Por su causa se puso fuera de juego el mecanismo de competencia, proporcionado gracias a la supuesta dominancia del monopolio y del capital financiero, y, de esa forma, se bloqueó prácticamente la dinámica histórica de la sociedad capitalista. “Se pudría” es ese sentido, no obstante se mantuvo la “dominancia de clases” política y militarmente (así como sobre el soborno de la “aristocracia obrera” y otros mecanismos). De esa manera se había impuesto teóricamente el “primado de la política” y la interpretación de mundo sociológica de clases del marxismo del movimiento obrero se había despertado en cierto sentido. “Objetivamente” el mundo ya estaba, en cierto sentido, “maduro” para la “revolución mundial, su victoria sólo dependerá de las relaciones políticas y sociales de voluntad y de fuerzas” (las cuales, por desgracia, siempre eran desfavorables).

La “izquierda occidental” meditada se ha distanciado después por lo menos parcialmente de esa ideología de legitimación, pero, sin embargo, no la ha superado realmente. Aún en la Teoría Crítica de Adorno y Horkheimer se mueve su abuso en forma negativa, cuando se presupone todo el tiempo pesimistamente la suspensión de la competencia en el “Estado total” o (después de 1945) en el “mundo burocratizado” y se lamenta de la decadencia del sujeto burgués de circulación. También en las actuales reacciones de defensa contra nuestro análisis de la crisis está claro que la relación entre “derrumbamiento” y “revolución” se vuelve a producir más o menos conscientemente, así como la filosofía ilustrada de la historia que le corresponde, aunque la mayoría de las veces con un giro negativo: con las esperanzas de un levantamiento revolucionario se entierra también la idea de la mortalidad del capitalismo (en la revista Bahamas y su entorno figura para ello la fórmula conspiratoria ritual de la “superación del capital sobre sus propios fundamentos”). De ahí que objeciones como que Krisis extiende un “mensaje del final del mal fundamentado escatológicamente, que podría tener un final muy malo” (Huisken, p. 39) o que ofrece la “variante modernizada de una filosofía de la historia causante de sentido” (Heinrich, p. 41).

Esas objeciones revelan más sobre la perspectiva de los críticos que sobre el objeto de la crítica. Ya que que el modo de producción capitalista llegue a sus límites absolutos no se produce a partir de ciertos constructos sobre filosofía de la historia adaptados a una teoría externa de crisis, sino a partir del análisis de la contradicción interna fundamental del capital, es decir, de una formación histórica completamente específica2. En ese sentido hay que entender cuando Marx dice: “el verdadero límite de la producción capitalista es el capital mismo, es decir: que el capital y su autovalorización se manifiesta como punto de partida y de llegada, como motivo y fin de la producción… El medio, la evolución incondicionada de las fuerzas sociales de producción, está en conflicto ininterrumpido con el fin limitado de la valorización del capital dado” (MEW 25, p. 260).

Se trata de una contradicción irresoluble inmanentemente en tanto que el aumento de la productividad empresarial supone efectivamente la eliminación del trabajo vivo del proceso de valorización, mientras que a la vez la valorización del capital no es otra cosa que el abuso de la mano de obra. Tomado en sí mismo, de ello no resulta de ninguna manera una disolución inmediata de las relaciones capitalistas. Por el contrario: mientras que la manera de producción en forma de mercancías estaba todavía relativamente poco desarrollada, es decir, sólo había influido superficialmente la sociedad y estaba limitada en lo esencial a pocos países y regiones del mundo, se desarrolla partir de esta contradicción una dinámica mostruosa de expansión. Ya que la socavación permanente en ámbitos capitalistas limitados de masa de valor mediante el “ahorro” de mano de obra se compensó provisionalmente en la totalidad del ámbito capitalista mediante una expansión continua de la valorización en nuevos ramos laborales intensivos de la producción y mediante el ajuste capitalista de regiones del mundo adicionales. Es cierto que ese proceso de transformación no puede funcionar a la larga, sino que no es otra cosa que una manera determinada de suceder las cosas en la que la contradicción interna capitalista se desarrolla históricamente y, a la vez, se agudiza. Puesto que la “producción capitalista aspira constantemente a superar sus límites inmanentes, pero sólo los supera gracias a medios que la enfrentan a otros nuevos y en medida más poderosa” (Marx, íbid.) Pertenece a la lógica del asunto que, más tarde o más temprano, se reduzca a la larga la cantidad absoluta de la mano de obra en uso de la totalidad de la sociedad y, de esa manera, disminuya la masa de valor producida en la totalidad del capitalismo. De esa manera, el capitalismo socava sus propios fundamentos.

El marxismo no sólo ha revuelto el diagnóstico de crisis formulado, es cierto, sólo abstractamente por Marx, en el sentido de la “tesis de descomposición”, sino que, a partir de ahí, ha interpretado la “contradicción entre fuerzas de producción y relaciones de producción” no como específicamente capitalistas, sino como transhistóricas, es decir, como válidas para todas las sociedades anteriores. Según el “materialismo histórico” el desarrollo de las fuerzas de producción es válido absolutamente como motor de la historia humana: ya que cada “fase del desarrollo” se corresponde siempre con una forma determinada de la “dominancia de clases”, así como de las relaciones de producción y explotación, el progreso de las fuerzas de producción tenía que entrar tarde o temprano en conflicto con el orden social correspondiente y producir su cambio revolucionario. Claramente se trata en este caso de una retroproyección de relaciones burguesas en el pasado, típica del pensamiento ilustrado (aquí sólo en sentido materialista). Puesto que ninguna otra sociedad a parte de la capitalista estuvo jamás organizada alrededor de la producción; ya sólo por esa razón, no podía existir algo así como la “contradicción entre las fuerzas de producción y las relaciones e produción”.

Marx no ha sido, de ninguna manera, ajeno a esta interpretación de la historia, ya que el tenía puesto por los menos un pie en el suelo del optimismo del progreso. Aunque la lógica de su teoría de crisis no es, de ninguna manera, compatible con este constructo de filosofía de la historia3. En lo esencial no se trata de otra cosa que del pensar-hasta-el-final consecuente de la crítica del fetichismo introducida desde el primer capítulo del Capital. Ya que la contradicción lógica interna del capital ya está dada en la forma nuclear de la forma de producción capitalista, la mercancía, y el movimiento hacia el fin en sí mismo del “sujeto automático” (es decir, el valor) no es otra cosa que el despliegue de esa contradicción. Que las relaciones sociales se generen como relaciones de cosas (más exactamente: de mercancías) y se opongan como tales a las personas como poder extraño, no sólo significa que su propio contexto social les imponga legalidades irracionales como si se tratase de leyes naturales; conlleva también también su caducidad histórica última independientemente de todo querer subjetivo.

Por cierto, no tiene nada que ver con la “filosofía de la historia instauradora de sentido”, ya que más allá de la lógica (en sentido histórico completamente específica) de la sociedad de mercancías, cesa la determinación. Sólo es seguro que la sociedad capitalista tiene que hundirse violentamente en último término a causa de sus contradicciones internas, pero de ninguna manera, como va a suceder el proceso de ese hudimiento, y sobre todo tampoco, que lo va a sustituir. La superación de la socialización en forma de mercancías sólo se puede poner en marcha, obviamente, mediante un acto colectivo y consciente, ya que no se trata de otra cosa que de la falta de conciencia social. Si va a salir bien, depende única y exclusivamente de si la gente consigue emanciparse o no de las formas de relación y comunicación constituidas de manera capitalista. Todo optimismo exagerado en relación a esto sería un error absoluto. No es improbable, de ninguna manera, que el proceso de derrumbamiento ponga en funcionamiento una dinámica incontrolable, catastrófica en cuyo transcurso se destruya todo contexto civilizatorio y, quizá, los fundamentos de la vida humana. Por lo menos, en la regiones de derrumbamiento del mundo actual ya se delinea esta posibilidad tan clara como aterradoramente. De cualquier manera, aún hay una opción emancipadora, aún cuando la oposición crítica con la sociedad esté a la defensiva en todo el mundo. En tanto que, pero sólo en tanto que, la historia está abierta para tomarse la molestia de una muletilla preferida que en general sólo está al servicio de escaquearse de un análisis y crítica consecuentes del proceso objetivado.

Naturalmente, se puede discutir y hay que discutir sobre si es cierto que el capitalismo ha llegado de hecho hoy a sus límites históricos; si con el final del fordismo y de la tercera revolución industrial se ha puesto en marcha una derrota secular y irreversible y realmente no hay más campo de juego para la acumulación. Dicho de paso: no se trata para nada de un “derrumbamiento” repentino, como suponen erróneamente muchos críticos y según el sentido de la palabra (por lo que la usamos poco, al contrario que nuestros críticos), sino de un largo proceso de decadencia, que previsiblemente se va a alargar durante muchas décadas y cuyo transcurso es difícilmente anticipable. El grupo Krisis ha planteado en los últimos años toda una gama de argumentos teóricos y pruebas empíricas a favor de este diagnóstico de crisis; además Robert Kurz ha desarrollado históricamente con todo detalle este contexto en el Schwarzbuch Kapitalismus. Sin embargo, obviamente no creemos haber resuelto así todos los problemas. Por otro lado, la gran mayoría de las críticas hasta ahora no están hechas para continuar con la discusión, sino que más bien dan la impresión de tener que desarmar un punto de vista teórico por lo visto incómodo, supuestamente, porque cuestiona su trama acostumbrada conceptual y de pensar. Sólo así se puede explicar porque autores como Huisken y Heinrich, a los que se tendría que poder suponer un conocimiento seguro de la teoría de crisis y acumulación, en konkret 3/2000 equivocan (o ignoran) sistemáticamente el nucleo teórico del diagnóstico de crisis de una manera sorprendente. Sobre todo, no muestran la huella de una conciencia de problema frente a la contradicción lógica interna del capital entre el desarrollo de fuerzas de producción y el imperativo de valorización; más bien lo ocultan sistemáticamente, en tanto que observan la postura particular, empresarial y la identifican repentinamente con la totalidad del proceso capitalista. Huisken se equivoca con especial torpeza según el entramado del marxismo del movimiento obrero: sencillamente pone en juego el interés de valorización del capital particular4 y por lo visto ve ahí la garantía de que la acumulación, en principio, se puede continuar ad infinitum.

Heinrich por lo menos argumenta algo más diferenciadamente: se remite al aumento de la prorrata de plusvalía que lleva consigo el desarrollo de las fuerzas de producción (Marx lo llama la “producción de la plusvalía relativa”) y, de esa forma pretende con toda seriedad haber demostrado que “la masa de la plusvalía contenida en la totalidad del producto” aumenta justamente “a causa del aumento de la productividad” (p. 41). Disparatadamente, es, sin embargo, esa persecución irrespetuosa de los intereses privados de valorización y el aumento de la plusvalía relativa sólo un lado de la contradicción interna capitalista5; es justamente la que socava en último término el fundamento de la valorización, a saber, reduce absolutamente la masa de beneficios y valor de la totalidad del capitalismo (es decir, no meramente la expresión de valor de cada mercancía particular o de la parte relativa de plusvalía o beneficio por capital invertido)6. Ya que en la competencia se premian ante todo aquellos capitales que racionalizan de forma más consecuente (es decir, que vuelven sobrante más trabajo vivo); reciben la mayor parte de la masa de plusvalía, aunque y en tanto que son los que más están contribuyendo a hacerla más pequeña. Que esta contradicción sólo se haya calmado históricamente mediante una rasante huida hacia delante, es decir, mediante la apertura de nuevos ramos laborales intensivos de la producción (aunque aún así con fricciones violentas), les parece a Huisken y Heinrich razón suficiente para quitarla del medio completamente.

Y mientras que así se eleva de una manera completamente positivista una misteriosa evidencia empírica aparente al rango de una postura teórica, la referencia a los límites absolutos de la dinámica de valorización (es decir, la agudización de la contradicción ignorada) se manifiesta después, por el contrario, como una pretensión moral sugerida al modo de producción capitalista. Cuando Heinrich y Huisken creen tener que enseñar casi en los mismos términos a los autores del Manifiesto y del Schwarzbuch que el “fin inmanente de la producción capitalista… no es la eliminación del paro y la miseria, sino la valorización del valor” (Heinrich, p. 40; Huisken análogamente, p. 34), entonces tiene un efecto en cierto modo vergonzoso, porque han “olvidado” claramente lo que siempre acentúan, que el capital sólo se puede valorizar una vez, en tanto que hace uso de mano de obra y esto en escala creciente. Que esto pueda dejar de funcionar una vez está tan fuera de la capacidad de comprensión de ambos críticos que ni siquiera toleran la pregunta.

Por lo visto, menos comprensible todavía les parece a la mayoría de los críticos la relación entre el proceso de crisis en el ámbito de la acumulación real y la superestructura financiera hinchada crediticia y especulativamente. También aquí se levanta la sospecha de que se trata menos de la complejidad de la materia que, más bien, de la postura defensiva interiorizada. Ya que, aunque los movimientos en la superficie de los mercados financieros transnacionales sean tan confusos, el mecanismo básico del capital ficticio, como ya Marx lo descifró en lo esencial, no son difíciles de comprender. Básicamente se trata de un movimiento doble: ante todo el crédito y la especulación están al servicio de retardar la irrupción de la crisis, porque consiguen posibilidades de inversión ficticias (es decir, no cubiertas realeconómicamente) para capital sobreacumulado y, a la vez, crean de la misma manera capacidad de compra no cubierta; en último término, esto conduce a una agudización de la crisis, porque cuando explota la burbuja financiera la totalidad del potencial de desvalorización retardado se hace real de golpe.

Este mecanismo, que, por lo demás provoca la apariencia de que la especulación fuese la causa de la crisis y no su transcurso y, por esta razón, contribuye a poner en marcha las conocidas proyecciones antisemitas, este mecanismo se vuelve en principio eficiente en todo proceso capitalista de crisis, obviamente también en el actual. Sólo es nuevo históricamente que el total desacoplamiento del dinero respecto a su base en oro y la desregulación de los mercados financieros ha conseguido un campo de acción espantosamente grande para la independización relativa del capital ficticio frente a la acumulación real; con ello se explica la dilación de la crisis extrañamente larga que se prolonga ya más de veinte años y la cantidad exorbitante de la “masa de valor” ficticia “almacenada”. Reconozco que no hemos valorado del todo bien el horizonte temporal de este proceso. Desde un punto de vista estructural, aproximadamente a principios de los años noventa, parecía prácticamente increíble que el sistema de bola de nieve se iba a poder mantener otros diez años o, incluso, algunos años más. Es verdad que los desarrollos que han tenido lugar desde entonces no han contradicho de ninguna manera el diagnóstico estructural, sino más bien lo han confirmado. Ya que el anticipo ficticio a la creacción futura de valor no se ha saldado en términos de economía real, más bien la superestructura financiera se ha ido alejando en un movimiento exponencial cada vez más de la acumulación real y los procesos de racionalización que tienen lugar ahí incluso se han acelerado. Ya que, sin embargo, la valorización de capital no se puede emancipar del uso de trabajo vivo, hay que restituir la relación entre ambas esferas y esto violentamente, es decir, con un estallido.

Hasta la prensa más acrítica ha captado entre tanto (aunque no lo pueda explicar), que, por ejemplo, el aumento del índice Dow-Jones cerca del factor 11 desde 1980 apenas se puede explicar a partir de un crecimiento del producto social bruto real de 60-70%. En este punto es bastante gracioso cuando Heinrich no quiere ver más que una función normal de la naturaleza de crédito, “acumular capital líquido improductivo“ para volverlo a lanzar después a la esfera de la acumulación real. Es extremadamente molesto de verdad cuando añade desde esa postura absolutamente insostenible empírica y teóricamente que puede objetar a Robert Kurz que separa “ambas partes que se pertenecen” (la valorización real y el sector financiero) y prepara el suelo, de esa forma, para proyecciones antisemitas (p. 41). Si esto no es una difamación consciente, entonces es digno de atención como poco como el clarísimo “interés brutal en la materia” (Marx) le impide al autor de la crítica Heinrich leer comprendiendo mínimamente las explicaciones detalladas y forradas histórico-empíricamente sobre la relación interna entre el capital ficticio y la acumulación real en el Schwarzbuch (y no sólo allí)7.

También es bastante futil identificar sencillamente la predicción del hundimiento en último término irremediable (aunque no pronosticable con exactitud) del mercado financiero con el “diagnóstico de derrumbamiento” y después partirse de risa de que los “profetas de la crisis” siguen esperando supuestamente al largamente esperado “apocalipsis”. No se puede evitar la impresión de que se está intentando, por el contrario, apartar la vista de que la crisis esté en plena marcha desde hace dos décadas, de que grandes partes del mundo han sido declaradas inútiles para la valorización del valor y que se las ha desacoplado negativamente (con las consecuencias más brutales para las personas que viven allí) y que también en las metrópolis cada vez más partes de la población están afectadas por este proceso de desvalorización. Un hudimiento aceleraría este proceso con un impulso violento, pero, por supuesto, no sería la “derrumbamiento”, sino sólo una cesura en el proceso de decadencia, que, como ya he dicho, se puede alargar aún décadas y, es de suponer que va a encontrar siempre transcursos más espantosos si no se constituye en movimiento social-emancipatorio que se atreva a llevar a cabo la ruptura decisiva con la sociedad productora de mercancías. Quizá estas previsiones poco alegres no contribuyan, en último término, a hacer un tabú de las ideas sobre el agotamiento irreversible de la lógica capitalista de valorización sobre todo en los paises-aún-ganadores del mercado mundial. Por lo visto, alimenta la creencia de que el capitalismo da un giro, después del fordismo, hacia una “normalidad” que se procesa de una manera manifiestamente ahistórica y, por ello, proragable eternamente, algo así como una “apariencia de seguridad” engañosa, porque permite seguir moviéndose en el desmontado, pero, al cabo, conocido, sistema de coordenadas marxista.

Sólo desde este sistema de coordenadas puede parecer que se tratase por el contrario de criticar por eso al capitalismo, por que está en crisis o incluso para quitar importancia desde aquí a los estadios de desarrollo históricos pasados. El que ve tal cosa en el Manifiesto o en el Schwarzbuch, lo quiere ver con toda autoridad. En tanto que las atrocidades de la lógica capitalista hagan acto de presencia en el proceso de crisis de nuevo con especial dureza, aclara, por el contrario, la situación del “funcionamiento normal” y, posteriormente, lo deslegitima de nuevo. Debería ser una banalidad que todo intento de superar la sociedad de mercancías sólo pueda partir de la postura histórica dada en cada caso y que no sea parte de las tareas de una crítica radical de la sociedd definir ese punto de partida. Esta discusión no se puede limitar con tabús.

Traducción de Marta M. Fernández

1Más o menos: “… pero después del diluvio universal llegaremos nosotros y sólo nosotros”, reza el título de un tratado histórico sobre este tema de Rudolf Walter (Frankfurt am Main, 1981)

2La diferencia entre la filosofía de la historia entendida positivamente y su crítica entendida analíticamente (en oposición al mero relativismo) la ha mostrado claramente Moishe Postone en su libro Time, labor and social domination: A Reinterpretation of Marx’s Critical Theory, Cambrigde University Press (1993).

3El pensamiento marxista es en sí contradictorio, en tanto que se solapan y cruzan momentos de una teoría burguesa de la modernización con la crítica radical de las relaciones de fetiche en términos de producción de mercancías. En ese sentido, se puede hablar de un “doble Marx” (véase entre otros Robert Kurz, “Postmarxismus und Arbeitsfetisch” en Krisis 15, Bad Honnef, 1995).

4Huisken: “Como si el capitalista no explotase trabajo, es decir, como si no alargase siempre el exceso de horas trabajadas sobre el tiempo de trabajo necesario, sino que quisiese deshacerse de los trabajadores” (p. 41).

5Véase más detalladamente al respecto y respecto a lo que sigue, mi crítica al libro de Heinrich Die Wissenschaft von Wert en Streifzüge 1/2000 (Kritischer Kreis, Margarete Str. 71-73/23, A-1050 Wien).

6No es, por tanto, el “caso tendencial de la prorrata de beneficio” muy discutida en ciertas líneas del marxismo la base de la crisis fundamental de valorización del capital, sino el derretimiento irreversible de la masa de valor y beneficios de la totalidad del capitalismo.

7Robert Kurz, Ernst Lohoff y yo hemos vuelto a desarrollar esta relación en muchas otras publicaciones. Veánse entre otros los artículos en Krisis 16/17 (1995), mi artículo “Es rettet Euch kein Billiglohn” en Feierabend! (1999), así como sobre la crítica a las objeciones de que toda tematización del capital ficticio sea ya tendencialmente antisemita (Robert Kurz, “Das Leben als Wille und Design, Berlin, 1999).