27.04.2022 

La ofensiva autoritaria Por qué la lucha contra el régimen de Putin debe ser transnacional, …

… pero no debe invocar los “valores occidentales”

por Norbert Trenkle
Traducción por Javier Blank

Versión revisada y considerablemente ampliada del texto “Falsa oposición” publicado en Jungle World 14/2022 – versión en alemán

La guerra de agresión rusa contra Ucrania ha vuelto a sacudir fuertemente la visión del mundo de la izquierda política. La narrativa según la cual Putin se limita a reaccionar ante el supuesto cerco de la OTAN y de EE.UU. y que, por lo demás, persigue “intereses legítimos”, en vista de la terrible situación, sólo se defiende abiertamente en contadas ocasiones. Pero no se la ha corregido en absoluto. Más bien se oculta tras formulaciones rituales en las que primero se condena formalmente la guerra, para en las frases siguientes relativizar la agresión rusa y culpar a Occidente por ellai. Pero también están desorientadas partes de la izquierda que no pueden ubicarse en el campo tradicional y antiimperialista, porque la situación mundial actual ya no puede ordenarse según los patrones habituales. Por lo tanto, muchos se repliegan a una posición de equidistancia no vinculante, según la cual ambos lados tienen las manos sucias y, por lo tanto, no se podría tomar una posición en este conflicto.

Pero esta maniobra no hace justicia al dramatismo de la situación histórica. La invasión de Ucrania forma parte de una ofensiva a gran escala de un régimen autoritario impulsado por la amenazante idea de que debe cambiar el orden mundial a su favor. Esta ofensiva no se dirige únicamente contra un determinado país, sino contra todo lo que, a los ojos de Putin y de sus seguidores, representa la “depravación de Occidente”. Esto incluye en particular la “decadencia sexual”, es decir, la homosexualidad, y la llamada ideología de género, así como la destrucción de los “valores culturales tradicionales”. Detrás de esto hay una ideología abiertamente fascista, como ha constatado, por ejemplo, Jason Stanley (2022)ii. No en vano Putin ha sido durante mucho tiempo la estrella célebre tanto de la escena de derecha como de la izquierda autoritaria, quienes querrían volver al mundo del fordismo o del socialismo real, en el que el “trabajo honrado” todavía valía, las relaciones de género seguían siendo claramente binarias y sobre todo seguía imperando el “orden”. El hecho de que no pueda haber un retorno a ese mundo no impide que las fuerzas regresivas lo intenten por todos los medios, aunque sea a costa de reducir todo a ruinas.

Por lo tanto, para las fuerzas emancipadoras debería ser una cuestión obvia oponerse al régimen de Putin y a la guerra que ha desencadenado sin ningún tipo de peros. Quienes luchan contra el racismo, el antifeminismo, el antisemitismo y el nacionalismo no deben cerrar los ojos ante esta ofensiva geopolítica del autoritarismo. Hace tiempo que Putin comprendió que no hay fronteras nacionales en la “guerra cultural” que está ayudando a librar. Las campañas de desinformación y de propaganda selectiva en los medios de comunicación y el apoyo a los partidos autoritarios de derecha e izquierda en todo el mundo siguen exactamente este patrón. Y a más tardar desde la intervención rusa en Siria a favor del asesino en masa Assad, ha quedado claro que Putin está dispuesto a imponer sus ideas de un orden mundial represivo también militarmente.

Es cierto que la oposición clara contra el régimen de Putin se ve dificultada por el hecho de que la mayor parte de la opinión pública occidental la sitúa bajo el epígrafe de la defensa de los “valores universales” de la democracia, la libertad y los derechos humanos. No sólo se incluyen en este frente todo tipo de fuerzas ideológica y políticamente cercanas al autoritarismo, y que ahora se oponen a Putin sólo por razones oportunistas o nacionalistas (sólo hay que pensar en el gobierno polaco); por eso es sólo una cuestión de tiempo que vuelvan a estallar los conflictos entre los defensores de los “valores occidentales”. Pero hay, además, algo fundamental: por la impresión de la horrible guerra, se suprime el hecho de que este tan invocado universalismo hace tiempo que ha sido desprestigiado por la realidad, lo que constituye una de las principales razones de la ofensiva global del autoritarismo.

Los valores liberal-democráticos sólo son universales en su pretensión abstracta. Sin embargo, su base material, la sociedad productora de mercancías, se basa en exclusiones sistemáticas y en la división social entre ganadores y perdedores. Por lo tanto, deniega permanentemente esta pretensión abstracta. La sociedad productora de mercancías es universal en el sentido de que se ha impuesto en una dinámica tremenda en todo el planeta. Pero, al mismo tiempo, se ha puesto de manifiesto que es un hecho minoritario: sólo una parte relativamente pequeña de la población mundial puede llevar una vida razonablemente satisfactoria y segura y encontrar un acceso elemental a lo que promete la Declaración de los Derechos Humanos. Al mismo tiempo, este modo de vida minoritario se basa en el despiadado saqueo global del patrimonio natural (Trenkle, 2020).

Este mecanismo estructural de exclusión y división ha recibido un impulso adicional en las últimas décadas por el hecho de que la máquina capitalista, en su incansable funcionar, depende cada vez menos del trabajo vivo. Esto se debe a que, por un lado, la producción se ha automatizado y digitalizado cada vez más (el conocimiento como fuerza productiva) y, por otro lado, en respuesta a esto, la dinámica de la acumulación de capital se ha desplazado cada vez más hacia la esfera del capital ficticio (financiarización). Ambas cosas juntas han provocado que cada vez más personas se conviertan en superfluas para el estrecho fin del capital y se vean obligadas a venderse en condiciones cada vez peores para luchar por su supervivencia, mientras que al mismo tiempo la destrucción de los fundamentos naturales de la vida avanza a un ritmo acelerado porque el consumo excesivo de recursos continúa sin cesar (Lohoff/Trenkle, 2012; Trenkle, 2018).

Por lo tanto, el intento de, tras la ruptura histórica de 1989, establecer un “Nuevo Orden Mundial” bajo el signo de la democracia y la economía de mercado estaba destinado al desastre. Después de que los proyectos de modernización recuperadora estatal-capitalista bajo el signo ideológico del “socialismo” ya habían fracasado (Stahlmann, 1990; Kurz, 1991), la ofensiva neoliberal de los años 90 dejó un rastro de devastación aún mayor en amplias zonas del mundo. En las ruinas, florecieron montones de regímenes cleptocráticos y autoritarios, así como movimientos fundamentalistas de diversa índole, que contribuyeron a la desintegración del contexto social. Y el intento de controlar estas tendencias militarmente, cuando se volvían demasiado peligrosas para “Occidente”, sólo empeoró la situación. La guerra de Irak de 2003, en particular, fue desastrosa en sus consecuencias, porque no sólo destruyó aún más el ya maltrecho país, sino que amplió la desestabilización de toda la región y la sumió en un prolongado estado de guerraiii.

Como se sabe, también el régimen de Putin es un resultado de la catastrófica transformación de Rusia en términos de radicalismo de mercado, pero con la importante diferencia de que consiguió estabilizar al país nuevamente. Cuando el sistema capitalista de Estado de la Unión Soviética se derrumbó por no poder sobrevivir en la competencia de productividad con el capitalismo de mercado de los países occidentalesiv, esto no sólo supuso la amplia destrucción de las estructuras industriales y económicas, sino que también desencadenó una oleada generalizada de empobrecimiento e inseguridad. Además de la falta de toda seguridad social, la pérdida de su modo de vida habitual fue al menos igual de drástica para la población. El socialismo real no era un proyecto emancipador sino un régimen estatal autoritario, sin embargo había conseguido industrializar un país periférico y dar a la población una perspectiva segura de vida. Todo esto desapareció de un plumazo. La población tuvo que ver cómo, en el curso de la privatización salvaje, unos pocos grupos se enriquecían obscenamente y el aparato estatal, antes tan omnipotente, no sólo no hacía nada para oponerse, sino que se convertía en el juguete y el instrumento arbitrario de los “oligarcas”.

Visto así, es muy comprensible que la década de los noventa sea sentida como traumática y que Putin, que pudo contar con importantes fuerzas en el aparato de seguridad y militar, siga siendo muy popular hoy en día porque consiguió acabar con este estado de cosas. Es cierto que no quería (ni podía) recuperar el llamado socialismo de ninguna manera. Por el contrario, el régimen de Putin sigue económicamente hasta hoy un rumbo extremadamente neoliberal, aunque asegurado por un Estado autoritario (Yudin 2022). Pero al menos subordinó a los oligarcas al aparato estatal y los puso a su servicio; se les permitió seguir haciendo sus negocios, pero ahora cediendo una parte (relativamente pequeña) de sus beneficios con el fin de producir legitimidad y al mismo tiempo financiar proyectos de prestigio del régimen (como los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi). Se pagaron puntualmente los salarios en el aún amplio sector estatal así como las jubilaciones, se hicieron ciertas transferencias sociales y se restauraron y modernizaron las infraestructuras, al menos en los centros. Por supuesto, los altos precios del petróleo y del gas, así como de otras materias primas que el enorme país posee en abundancia, también tuvieron un efecto favorable. De este modo, el régimen de Putin pudo comprarse una legitimidad bastante amplia entre la población, que, por supuesto, fue cada vez más acompañada de una represión de la oposición y de todos los actores disconformes de la sociedad civil.

Todo ello, además, fue apuntalado por una política de identidad nacionalista que pretende principalmente convertir a Rusia nuevamente en una gran potencia y crear una “Unión Euroasiática” que incluya al menos los territorios de la antigua Unión Soviética. Si el éxito de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 estuvo impulsado por el lema “Make America great again”, Putin colocó mucho antes este objetivo para Rusia en el centro de sus acciones políticas. Esto fue bien recibido por gran parte de la población, ya que, especialmente en tiempos de crisis e incertidumbre, la identificación con un colectivo nacional representa un reaseguro que puede contribuir decisivamente a estabilizar el sentimiento de sí mismo.

Por lo que se sabe, cabe suponer que estas fantasías nacionalistas de grandeza no son sólo escenificaciones instrumentales, sino que Putin es realmente fanático de ellas (Kappeler, 2021). Él mismo percibe la caída del imperio soviético como una profunda desgracia y se siente empujado por el irreprimible impulso de borrarlav. Este motivo se hizo cada vez más patente en el transcurso de su gobierno, en la medida en que se vio amenazado por la oposición interna y por el declive del éxito económico a raíz de la caída temporal de los precios de las materias primas (Yudin, 2022; Exner, 2022). Además, estaban los movimientos democráticos en los países circundantes, especialmente en Ucrania, que, desde el punto de vista de la autocracia rusa, suponían un riesgo de contagio y también ponían en duda su pretensión hegemónica en el territorio de la antigua Unión Soviética. Por lo tanto, también es erróneo afirmar que la guerra de Putin contra Ucrania sería sólo una reacción a ciertas supuestas provocaciones de la OTAN o de EEUU. Podría decirse que “Occidente” ha contribuido a reforzar el sentimiento de humillación con sus posturas y políticas desde principios de los años noventa, pero no se lo puede considerar directamente responsable del nacionalismo imperial con el que grandes partes del aparato estatal y de seguridad ruso han procesado ideológicamente el colapso de la Unión Soviéticavi.

Además, el ataque a Ucrania no se produjo en absoluto en un momento en el que la OTAN y Estados Unidos rebosaran de fuerza política global, sino que, por el contrario, mostraban una clara debilidad. A más tardar la retirada forzada de Afganistán demostró finalmente el fracaso del “Nuevo Orden Mundial”. Explícita y públicamente, los estrategas del Kremlin hablaron de un fiasco en Afganistán que había puesto de manifiesto la debilidad de la OTAN y de EEUU (Manucharjan, 2022). En este sentido, la ofensiva del régimen de Putin no es una reacción a una amenaza de Occidente, sino puro revanchismo en una situación en la que ve su oportunidad de volver a cambiar el equilibrio geopolítico de poder a su favor. Que al parecer Putin haya calculado mal no mejora las cosas, ya que el sufrimiento y la destrucción que ya ha causado con la guerra son terribles y cada vez es más evidente que los militares rusos son cada vez más despiadados cuanto menos se acercan a sus objetivosvii.

La peligrosidad del régimen de Putin proviene precisamente del hecho de que sus ambiciones imperiales son una respuesta ideológica y política a la pérdida de una antigua posición de poder geopolítico. A menudo son los perdedores en la competencia capitalista (o los que se ven a sí mismos como perdedores) los que movilizan las peores energías regresivas y hacen todo lo posible para recuperar su antigua posición o, al menos, para vengarse de los ganadores (o de los grupos que los representan), aunque sea a costa de la destrucción mutua. Este resentimiento es también la fuerza motriz subjetiva de las acciones a gran escala con las que el régimen ruso intenta desde hace tiempo socavar el entramado político en los Estados occidentales y con las que persigue todo lo que en su territorio se identifica como expresión de la “pseudo-libertad occidental”viii (actores y actoras de la sociedad civil independiente, comunidades queer, escena cultural libre, etc.).

Esta es también la razón por la que Putin es tan popular entre la derecha y la extrema derecha de todo el mundo. El resentimiento de estos se alimenta de fuentes similares: surge de un agravio identitario causado por la real o supuesta pérdida de una posición de poder en la sociedad y se articula con el deseo, igualmente regresivo e irrealizable, de volver a un mundo en el que esa posición aún estaba asegurada. El pronunciado machismo que Putin representa de manera especial y que es característico de todas las corrientes autoritarias y regresivas del mundo (desde la AFD y los republicanos de Trump hasta los islamistas y los nacionalistas hindúes) también puede situarse en este contexto.

Porque la pérdida de poder toca el núcleo identitario de la condición de sujeto masculino en la sociedad burguesa, que se define principalmente por la autoafirmación en la competencia generalizada y se asegura mediante la construcción de una feminidad subordinada, que representaría la imagen exactamente opuesta de esta forma de subjetivación. Hombres de todo el mundo están reaccionando con máxima agresividad ante la sacudida de este orden binario y jerárquico de género provocado por los movimientos feministas y por el cambio estructural económico de las últimas décadas (Posster, 2020; Trenkle, 2007). Lo que está en juego es la defensa del núcleo más íntimo de su sentido del yo, que hasta ahora ha sido capaz de proporcionar apoyo incluso cuando el descenso social estaba amenazado, por ejemplo, por la pérdida del empleo. Por lo tanto, este último bastión se defiende de forma más encarnizada y despiadada, como se desprende del excesivo aumento de la violencia sexual en todo el mundo.

También en este sentido, Putin es la figura de identificación ideal. Representa un tipo de hombre perdedor que lucha contra la disolución de la jerarquía burguesa de género y que es lo suficientemente poderoso política y militarmente para librar esta lucha con éxito. A esto se suma el apuntalamiento ideológico con la visión antimoderna del mundo, según la cual la historia está determinada por el enfrentamiento de diferentes culturas “orgánicas” que luchan por la supremacía pero que también tienen siempre que defenderse de la “decadencia” y el “deterioro de los valores” internos. Que esta descomposición se asocie al mismo tiempo con “intrigas judías” y otras pérfidas conspiraciones forma parte de la lógica delirante de esta visión del mundo (Stanley 2022)ix.

Esta visión regresiva del mundo en la que se combinan autoritarismo, machismo, culturalismo agresivo y antisemitismo, no se opone externamente a los tan invocados valores de la democracia y la libertad, sino que forma, por así decirlo, su lado oscuro. Surge del mismo marco de referencia social que la Ilustración y, en su irracionalismo, señala los puntos ciegos de la racionalidad burguesa, sus limitaciones instrumentales y las exclusiones sistemáticas que permanentemente produce. Especialmente en vista de la confrontación actual, esto debe ser retomado urgentemente (Lohoff, 2003a; Lewed, 2008). Cuando en la opinión pública occidental se alude a una “lucha entre dos sistemas de valores”, el autoritarismo aparece como algo ajeno que irrumpe desde fuera en el mundo de las democracias liberales. Sin embargo, esto no sólo suprime el hecho de que este mundo está amenazado desde hace tiempo desde dentro y que en no pocos países la extrema derecha ya está en el gobierno, lo ha estado o lo estará pronto (quizás incluso en Francia). También niega que esta amenaza haya adquirido tales proporciones en primer lugar debido a la mercantilización radical de la sociedad y a la intensificación de las tendencias a la exclusión y la división social.

Esta externalización del autoritarismo promueve varias tendencias preocupantes. En primer lugar, la tendencia a culturalizar implícita o explícitamente la disputa y, por tanto, a una asimilación al adversario. Ya pudimos observar cómo funciona esto en el frente contra el islamismo, cuya visión antimodernista del mundo fue atribuida al “islam”, supuestamente incompatible con los “valores occidentales”, y en donde, posteriormente, surgieron extravagantes coaliciones entre islamófobos de derecha, de izquierda y liberales. El ya perceptible sentimiento antirruso podría ser un presagio de una tendencia similar bajo nuevos auspicios (Trenkle, 2008). En segundo lugar, el discurso de externacionalización puede legitimar un cercamiento aún más fuerte de “Occidente” y conducir a una vigilancia aún más rígida de las fronteras nacionales y de la UE, así como a la segregación interna en forma de gated communities [comunidades cerradas]. Este refuerzo de la ya existente mentalidad de fortaleza equivaldría a admitir abiertamente que sólo se trata de defender los propios privilegios a costa del resto del mundo. Por último, la tercera tendencia peligrosa es la militarización de la sociedad (a través de su propio armamento), así como una remasculinización concomitante, como ya se expresa en la heroización de la resistencia ucraniana.

La confrontación con el autoritarismo no puede ganarse de esta manera. Más bien, conduce a un alineamiento creciente de las “sociedades occidentales” con el enemigo aparentemente externo. Esto no quiere decir que no importe qué lado se tome frente a la amenaza autoritaria. Al fin y al cabo, la reivindicación universalista de los valores liberal-democráticos y de los derechos humanos sigue apuntando a la idea de una emancipación humana general, aunque ésta sea negada permanentemente por la realidad capitalista. No es difícil recriminar al discurso democrático y de los derechos humanos su ambigüedad y su prepotencia; pero esto conduce no pocas veces a una justificación explícita o implícita del autoritarismo, como puede estudiarse en particular en el caso de Sarah Wagenknecht. Por el contrario, hay que afirmar de forma inequívoca que las libertades relativas en los países del mundo (todavía) organizados democráticamente deben ser defendidas con decisión contra la amenaza autoritaria. Y por la fuerza si es necesario. El ataque militar de un régimen autoritario no puede ser detenido por la “resistencia civil”, como propagan, con ingenuidad real o fingida, gran parte del movimiento pacifista alemánx. Definitivamente, Ucrania tiene derecho a defenderse por la fuerza de las armas, y es justo que los países europeos y Estados Unidos la apoyen y le suministren el material necesario. El hecho de que Ucrania no pueda considerarse ciertamente un país modelo de una democracia representativa, sino que también contenga fuertes tendencias nacionalistas y autoritarias, no cambia nada en absoluto. También existen allí libertades civiles como en ninguna otra ex república soviética (con la excepción de los países bálticos) y no cabe duda de que serían las primeras en ser abolidas en caso de una victoria rusa. Pues son vistas como una expresión de la “decadencia occidental”, cuyo combate es una de las justificaciones centrales de la “operación especial”, aunque esto esté completamente en desacuerdo con la narrativa del dominio nazi en Ucraniaxi.

Sin embargo, es de temer que las libertades civiles en Ucrania también se vean muy restringidas si el régimen de Putin consigue mantener un estado de guerra permanente, por ejemplo, ocupando el este de Ucrania. Ya, como casi siempre en todas partes, la guerra ha reforzado las tendencias nacionalistas, autoritarias y machistas en el país y ha llevado, por ejemplo, a que ya no se permita a los jóvenes salir del país y a que se los reclute obligatoriamente para el servicio militarxii. Es muy fácil para la izquierda tradicional utilizar esto para justificar su posición de equidistancia superficial (“¡Mira: ambos bandos son igual de malos!”), lo que equivale a una justificación del ataque ruso. En todo caso, un frente claro contra el autoritarismo debe ir acompañado de un repudio simultáneo del nacionalismo ucraniano, al igual que debe rechazarse la prepotencia liberal-democrática. La ofensiva del autoritarismo tiene un carácter transnacional, aunque en el caso actual se dirija contra un país concreto. Por ello, el contraataque también debe superar consecuentemente las fronteras de los límites nacionales. Esto no excluye apoyar a un país atacado con todos los medios necesarios, pero también debe quedar claro que el autoritarismo sólo puede ser derrotado en última instancia si se elimina el terreno en el que surge.

Por lo tanto, la guerra debe ser una ocasión más para reforzar las luchas en el ámbito de la transformación social y ecológica y vincularlas a una perspectiva emancipadora que busque romper con los imperativos dominantes de la producción de mercancías y del Estado. Una cosa ha quedado muy clara en las últimas semanas: las cuestiones sociales y ecológicas no son “temas específicos” de carácter subordinado, sino que son inseparables y elementales para la guerra y la ofensiva autoritaria. La dependencia de las energías fósiles se está utilizando deliberadamente como un arma, y el aumento de los precios del petróleo y del gas, así como de los alimentos en particular, está exacerbando la división social en los centros capitalistas y provocando hambrunas en el sur global. Esto, ya de por sí bastante malo, socava además la solidaridad con los refugiados de Ucrania y de otros lugares y es un elemento que favorece a las fuerzas de la derecha, como se acaba de demostrar nuevamente en las elecciones francesas.

Por ello, un cambio rápido de la base energética es tan importante como la reconversión ecológica de la agricultura y el aseguramiento del suministro general de buenos alimentos. Pero esto requiere apartarse de los dogmas del libre mercado, así como de las falsas nociones de un “capitalismo verde”, que socavan igualmente dicho proyecto. Por un lado, es necesaria una intervención estatal consecuente para contrarrestar las distorsiones causadas por los mercadosxiii; por otro lado, y en primer lugar, se deben crear y ampliar las condiciones generales para el desarrollo de estructuras cooperativas y autoorganizadas en todos los ámbitos de la sociedad. Una estrategia de este tipo no está ligada a las fronteras nacionales y, por tanto, sería capaz de reunir a todas las fuerzas que quieren resistir al autoritarismo en todo el mundo y, al mismo tiempo, poner fin a la destrucción de las condiciones de vida basadas en el mercado, que preparan el terreno para ese autoritarismo. Sería universalista en el sentido amplio de la palabra porque tiene como objetivo la emancipación social a escala mundial, más allá del modo de producción y de vida capitalista.

Bibliografía:

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Andreas Kappeler (2021): Revisionismus und Drohungen. Vladimir Putins Text zur Einheit von Russen und Ukrainern [Revisionismo y amenazas. El texto de Vladimir Putin sobre la unidad de rusos y ucranianos] in: OSTEUROPA, 71. Jg., 7/2021, pp. 67-76

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Ernst Lohoff/ Norbert Trenkle (2012): Die große Entwertung. Warum Spekulation und Staatsverschuldung nicht die Ursache der Krise sind [La gran desvalorización. Por qué la especulación y la deuda pública no son la causa de la crisis]. Münster: Unrast Verlag

Aschot Manutscharjan »Das wird kein Blitzkrieg« [“Esto no será una guerra relámpago”] in: Das Parlament Nr. 12, 21.3.2022.

Kim Posster (2020): Staats-Männer: (Anti-)Faschismus und Männerphantasien [Hombres de Estado: El (anti)fascismo y las fantasías masculinas] in: Unrast Antifa-Kalender 2020, https://kimposster.blackblogs.org/wp-content/uploads/sites/1210/2020/04/Unrast_Staats-Ma%CC%88nner.pdf

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Norbert Trenkle (2018): Workout. Die Krise der Arbeit und die Grenzen der kapitalistischen Gesellschaft (Vortrag auf der internationalen Konferenz „Rethinking the Future of Work“) [Workout. La crisis del trabajo y los límites de la sociedad capitalista] www.krisis.org/2018/workout-die-krise-der-arbeit-und-die-grenzen-der-kapitalistischen-gesellschaft/

Norbert Trenkle (2020): Verdrängte Kosten [Costos desplazados], in: Ernst Lohoff/ Norbert Trenkle (Hg.): Shutdown. Klima, Corona und der notwendige Ausstieg aus dem Kapitalismus, Münter 2020, pp. 55-96.

Johanna W. Stahlmann (1990): Die Quadratur des Kreises. Funktionsmechanismus und Zusammenbruch der sowjetischen Planökonomie [La cuadratura del círculo. Mecanismo funcional y colapso de la economía planificada soviética] in: Krisis. Beiträge zur Kritik der Warengesellschaft 8/9, www.krisis.org/1990/die-quadratur-des-kreises/

Jason Stanley (2022): Der Antisemitismus hinter Putins Forderung nach „Entnazifizierung“ der Ukraine [El antisemitismo detrás de la demanda de Putin de “desnazificación” de Ucrania]. https://geschichtedergegenwart.ch/der-antisemitismus-hinter-putins-forderung-nach-entnazifizierung-der-ukraine/

Johanes Voswinkel (2014): Putin will Revanche für 1989 [Putin quiere vengarse de 1989] in: Die Zeit 18.3.2014

Greg Yudin (2022): “In Russland droht ein faschistisches Regime” [Un régimen fascista se cierne sobre Rusia], in: ak 681, www.akweb.de/politik/greg-yudin-in-russland-droht-ein-faschistisches-regime/

Notas de pie:

i Un ejemplo especialmente escandaloso es la convocatoria de la Marcha de Pascua 2022 en Berlín (https://www.friedenskooperative.de/ostermarsch-2022/aufrufe/berlin). Se abstiene francamente de distanciarse por completo de la política bélica de Rusia y, en cambio, pide “negociaciones con voluntad de compromiso por ambas partes… que razonablemente tendrían que desembocar en una Ucrania neutral”. Continúa diciendo: “¿Por qué los gobiernos de los países occidentales, cuyos portavoces nos alimentan a diario con imágenes de guerra no verificables, no hacen todo lo posible para poner fin a este horror? Lo único que tienen que hacer es implicarse con la razón y la diplomacia en lugar de suministrar armas, imponer sanciones e inflamar las emociones. Tendrían que detener la expansión de la OTAN hacia el este y no realizar maniobras provocativas de la OTAN en la frontera rusa”. La propaganda rusa de la guerra difícilmente podría haberse reproducido mejor. Los Estados occidentales serían los culpables de la guerra y las imágenes de la misma son más o menos inventadas. Lo único que falta es el pedido de Premio Nobel de la Paz para el Sr. Putin. Sin embargo, también hay que decir que en otras ciudades los llamamientos no adoptan una postura tan abierta, sino que se esfuerzan por una equidistancia superficial que, sin embargo, también relativiza la clara responsabilidad del régimen ruso en la guerra de agresión (véase, por ejemplo, el llamamiento de la Iniciativa de Nuremberg: https://www.friedenskooperative.de/ostermarsch-2022/aufrufe/n%C3%Bcrnberg).

ii El sociólogo moscovita Greg Yudin (2022) habla del régimen de Putin como un orden prefascista.

iii Esto ya lo hemos señalado explícitamente en Krisis con motivo de la guerra de Irak de 2003 (véase, por ejemplo, Lohoff, 2003b).

iv En el marco de la modernización recuperadora, un capitalismo organizado por el Estado pudo construir industrias básicas, establecer una infraestructura social y gestionar más o menos la producción en masa estandarizada. Pero no consiguió la transición a la producción flexible de mercancías basada en el conocimiento como fuerza productiva porque esta complejidad escapa a la planificación estatal (cf. Stahlmann, 1990; Kurz, 1991). Por ello, las discusiones sobre una renovación del socialismo de Estado, tal y como se llevan a cabo actualmente en algunas partes de la izquierda, carecen de fundamento.

v Esto ya quedó muy claro en 2014 con la anexión de Crimea (véase, por ejemplo, Voswinkel, 2014).

vi La política de la OTAN y de EEUU hacia Rusia ha sido muy contradictoria. Hubo fases de acercamiento e incluso de estrecha cooperación, especialmente en lo que respecta al islamismo, que se percibía como un peligro común (Lohoff, 2002). Los países de la OTAN también persiguieron intereses bastante contrarios con respecto a Rusia; algunos, especialmente Alemania y Francia, se esforzaron incluso por mantener una cooperación relativamente estrecha (sobre todo económica). Cf. en detalle Exner, 2022

vii Mientras tanto, la grotesca narrativa de una “desnazificación de Ucrania” se ha complementado con la demanda de “desucranización”, es decir, la amenaza abierta de genocidio. El ex presidente y secuaz de Putin, Dimitri Medvedev, se ha expresado en este sentido, vinculándolo además con la fantasía megalómana de una “Eurasia abierta desde Lisboa hasta Vladivostok” (Die WELT, 6.4.2022) https://www.welt.de/politik/ausland/article238010209/Medwedew-will-offenes-Eurasien-von-Lissabon-bis-Wladiwostok.html

viii Así, el jefe de la Iglesia Ortodoxa Rusa, el Patriarca Kirill, dijo en su sermón dominical del 6.3.2022 que el ataque tuvo lugar “porque específicamente en el Donbass había ‘un rechazo fundamental de los llamados valores’ ofrecidos ‘hoy por aquellos que reclaman el poder mundial’. […] Es una imposición pedir a la gente que soporte ‘desfiles de homosexuales’, dijo el patriarca; este es el punto más importante en la ‘muy simple y espantosa prueba de lealtad’ entre Occidente y Oriente. El perdón, djo, consiste en estar del ‘lado de Dios’”. https://www.br.de/nachrichten/kultur/russischer-patriarch-schwulen-paraden-grund-fuer-ukraine-krieg,SzOShXa

ixPor lo tanto, no es una coincidencia que el régimen de Putin goce de especial popularidad en el entorno de los llamados „Querdenker‟ (los covidiotas alemanes) e ideólogos de la conspiración de todo tipo. https://www.tagesschau.de/investigativ/reaktionen-auf-putin-von-querdenkern-und-verschwoerungsideologen-101.html

x Por ejemplo, en el llamamiento “¡Bajen las armas!” (anuncio en el TAZ del 2.3.2022), donde se dice: “El fin de la resistencia militar por parte de Ucrania, combinado con el anuncio de la resistencia civil de acuerdo con el concepto de defensa social, podría ayudar a evitar más muertes, heridos y devastación incontables en una guerra continua”. No sólo es completamente ingenuo pensar que se puede detener a los militares rusos de esta manera, sino que también es muy presuntuoso en relación al pueblo ucraniano que está resistiendo con razón el ataque. Para una crítica de este falso pacifismo, véase Exner, 2022.

xi Incluso los(as) anarquistas ucranianos(as) han llamado a defenderse del ataque ruso, incluso por la fuerza de las armas, porque va dirigido, entre otras cosas, contra las libertades relativas que aún existen en Ucrania, a pesar de todas las demás tendencias (Kontext-Editorial, 2022).

xii Ya la anexión de Crimea y la separación de facto de partes del este de Ucrania han llevado a un fortalecimiento de las tendencias autoritarias y nacionalistas en Ucrania. El famoso regimiento radical de derecha Azov también surgió como reacción a ese ataque ruso. Por lo tanto, resulta cínico que ahora se cite su existencia como justificación de la guerra actual. Aparte de eso, el apoyo a los radicales de derecha entre la población ucraniana es mucho menor de lo que se suele afirmar. Los llamados National Corps lograron sólo el 2% de los votos en las elecciones parlamentarias de 2019 (Exner, 2022).

xiii En este contexto se ubican las demandas por una regulación estricta del mercado de la vivienda o de una comunalización de la tierra (Lohoff, 2020); hay que retomar también la idea de una infraestructura social gratuita, como planteó Joachim Hirsch hace años (AG Links-Netz, 2012).